miércoles, 5 de diciembre de 2012

Operación contra la insurgencia

 

Militares españoles, agazapados en la localidad de Kabulché. | Mònica Bernabé 

"Si nuestro coronel quiere que el Ejército afgano vaya a Kabulché, pues que vaya él mismo. Nosotros no vamos". El comandante Juan Luis Carranza explica que eso es lo que le contestaron los soldados afganos destinados en el campamento Hernán Cortés, en el valle de Darr-e-bum, cuando llegó a la base y les comunicó que su coronel les ordenaba que hicieran una operación al día siguiente en la peligrosa localidad de Kabulché, situada al sur del valle.
Decenas de militares españoles se habían desplazado hasta Darr-e-bum para apoyar a los soldados afganos en la operación y ¿ahora ellos no querían ir? Argumentaron que no disponían de suficientes efectivos, y que nadie les había informado de que tendrían que meterse en la boca del lobo al día siguiente. Había sido imposible contactar con ellos antes por teléfono móvil o radio.
"No es preocupéis, ISAF entrará a Kabulché con vosotros", relata Carranza que contestó a los soldados afganos para evitar que la 'operación Goshawk' -así la bautizaron los españoles- se fuera al garete después de todos los esfuerzos realizados. "ISAF" significaba las tropas españolas, porque las estadounidenses no se habían presentado aunque en teoría debían participar, y allí no había nadie más.
Efectivos de la Brigada de Infantería Ligera Aeorotransportable (Brilat) iniciaron los movimientos a las seis y media de la mañana y se desplegaron con ametralladoras medias y ligeras, lanzagranadas y fusiles de precisión en lo alto de las colinas que rodean el pueblo de Kabulché. Subieron a pie con todo a cuestas: con el armamento, pero también con munición, palas y sacos terreros para cavar posiciones de defensa. Quien menos llevaba veinte kilos encima. Desde la lejanía, parecían hormiguitas ascendiendo trabajosamente un desnivel de 200 metros.
El comandante Carranza y otros asesores militares españoles se adentraron en Kabulché con el Ejército afgano, que aportó once soldados a la operación. Once. Menos de una docena para una intervención en que decenas de militares españoles se movilizaron. En la entrada del pueblo, ya se oyó el primer disparo y españoles y afganos se agazaparon detrás de muros de adobe. Pero no, resultó ser una falsa alarma.
"¿Cómo que no quieren seguir? ¡Pero si casi no hemos entrado en el pueblo! Diles que continúen", se quejó Carranza, porque a los pocos minutos los soldados afganos ya querían dar media vuelta e irse de Kabulché. "Adelantaros, adelantaros vosotros", insistía el comandante, intentando que los militares afganos abrieran camino y mantuvieran una cierta distancia con los asesores españoles porque, según el proceso de transición, las fuerzas de seguridad afganas deben liderar las operaciones y dejar de ir a remolque de las internacionales. Pero los militares afganos se hacían los remolones, como el niño que está aprendiendo a andar y no quiere soltarse de la mano de la madre.

Intercambio de tiros

De repente, una tromba de disparos se oyó en las alturas. Las tropas españolas situadas en las colinas abrieron fuego con todo su arsenal para responder a la insurgencia que empezó a disparar al ver su territorio amenazado. Los niños que hasta entonces correteaban por Kabulché desaparecieron de repente y el Raven -el avión español no tripulado y dotado con una cámara- recibió dos impactos de bala y se precipitó al suelo. "¡Bum!", resonó alto y fuerte en el valle. Los españoles lanzaron una granada de mortero de 81 milímetros con el innovador mortero embarcado. El intercambio de tiros se inició de nuevo hasta que ¡bum!, otra granada de mortero cayó y se hizo un silencio casi automático. El comandante Carranza dio orden de replegarse. Los combates cesaron en las alturas, pero empezaron después en el valle de Piwar, al otro lado de Kabulché.
"Os felicito. ¡Habéis cumplido vuestra misión!", el teniente coronel José Ramón Pérez, al mando de la operación, exclamó con orgullo, ya de vuelta en el campamento de Moqur ante decenas de militares españoles agotados y sucios, tras horas de viaje, pegar tiros, comer poco y dormir al raso.
El comandante Carranza también hizo una valoración positiva de la operación. Aunque pocos, los soldados afganos consiguieron adentrarse en Kabulché. Una vez más los militares llegaban más allá. Lo malo es que no les acompañaba el Gobierno afgano. La imagen de la extrema pobreza en Kabulché, abandonado de la mano de Kabul, dejaba un sabor agridulce.

Mònica Bernabé
http://www.elmundo.es

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